https://soundcloud.com/rolandodemarco/azucena
Música para guitarra compuesta en 2005 a partir de la noticia del hallazgo de los restos de quien fuera una de las fundadoras de Madres de plaza de mayo. Esta pequeña obra es mi sencillo homenaje a la lucha inclaudicable de madres y abuelas de la plaza.
también podés hacer clic acá para escuchar "Azucena"
…” Marco Polo describe un puente, piedra por piedra. -¿Pero cuál es la piedra que sostiene el puente? –pregunta Kublai Kan. -El puente no está sostenido por esta o aquella –responde Marco-, sino por la línea del arco que ellas forman. Kublai permanece silencioso, reflexionando. Después añade: -¿Por qué me hablas de las piedras? Lo único que me importa es el arco. Polo responde: -Sin piedras no hay arco. "... Italo Calvino. “Las ciudades invisibles”.
martes, 30 de abril de 2013
sábado, 23 de marzo de 2013
Por la noche iluminada
En septiembre de 2011 escribí esta canción, canción que da nombre a mi blog.
Espero que les guste esta versión murguera que arreglé para hacer con "Santa Jarana".
Espero que les guste esta versión murguera que arreglé para hacer con "Santa Jarana".
“Por la noche iluminada”
Me voy por el camino que me lleva,
la misma huella que pisé una vez.
Me voy siguiendo siempre alguna
estrella
y un beso de su luz sobre mis pies.
Me voy y es el sendero el que me
abraza,
me inventa a cada paso un porvenir.
Camino y a mi lado la esperanza
me dice la razón para seguir.
Me voy con vos, me voy con tantos
otros,
me voy porque me gusta regresar,
me voy para volver en mil abrazos,
en mil canciones que hemos de inventar.
Nos vamos por la noche iluminada
por nubes, serpentinas de color,
cantando y recitando las palabras
que un dios alucinado nos legó.
Volver como esa luna trasnochada,
que vaga por las noches de arrabal.
Soñar despabilando madrugadas,
promesa que retorna en carnaval.
Partir, volver, es parte de la rueda:
No vuelve aquel que nunca caminó,
ni parte quien no guarda en su vereda
la sombra y la fragancia de un amor.
domingo, 23 de diciembre de 2012
Regalos (18/12/12)
por Rolando De Marco
Mis hijos saben desde hace algún tiempo que ni papá Noél, ni los reyes magos existen. Que son lo padres y ya.
Pero esto no quita que esperen ansiosamente, como casi todos los niños y para esta época, los regalos de la ocasión.
Ahora bien, por esas cosas del mundo de los adultos, que nos entusiasmamos en prometer cosas que no sabemos si podremos cumplir, este año, para las navidades esperaban un regalo importante, de esos costosos y sofisticados, de esos que solo los reyes magos si existieran hubieran podido, en este caso, regalarles.
Finalmente hicimos cuentas, sumamos las deudas y los mismos adultos que prometimos el oro y el moro, tuvimos que aceptar que ese regalo que los niños esperaban, se escapaba de las posibilidades de nuestros bolsillos.
Así que, dadas las circunstancias, decidimos dar la cara, decir la verdad y afrontar las consecuencias.
La conversación la tuve yo, una noche en la que dormian en mi casa, mientras preparábamos la cena.
Estábamos solos y pensé que era un buen momento: Estábamos tranquilos, una bella música inundaba la casa, afuera no se escuchaba más que algún sonido lejano de la calle o de los vecinos.
Así que les dije que quería hablarles de algo importante, que por favor se acercaran.
Nos sentamos y empecé recordándoles que ellos ya sabían muy bien que la verdadera identidad de papá Noél y de los tres reyes Magos no era otra que las sus propios padres, de modo que lo que les quería decir era que ese regalo que esperaban para estas navidades, era muy costoso y que por eso mismo, no se lo íbamos a poder dar este año, y que en verdad, no sabía cuando se lo íbamos a poder comprar.
Que lo sentía mucho, que los grandes a veces nos apuramos, que no pensamos bien lo que decimos etc, etc, etc...
Esperé, atento por lo que pudiera suceder, estaba preparado para recibir una respuesta dura, algún solapado o franco reproche. Sin embargo se oyó la voz despreocupada de Lucía: “bueno papá, no hay problema pedimos otra cosa.”
Algo sorprendido pero sin perder del todo mis reflejos, les propuse que hicieran una nueva lista de regalos.
La propuesta los entusiasmó y ahí mismo se abocaron a escribir dos hermosas cartas que empezaban diciendo...: “Querido papá noél”.
En ellas consignaron listas de regalos que iban desde un casco para bicicleta hasta un gorro de sol, pasando por botines de fútbol, una remera “sin hombro”, una plantilla de corcho para colgar de la pared de su habitación y pinchar cositas en él, un poster de algún músico, zapatillas verdes, discos de Charly, Spinetta y Michel Jackson, algún libro "intersante", juegos para la compu, un pantalón corto, y alguna que otra cosa que no recuerdo ahora.
Lucía, que como toda mujer, al decir de mi amiga Jimena Ieraci, tiene un sentido más práctico de las cosas, cada tanto me preguntaba si tal o cual regalo, estaba o no al alcance de nuestro presupuesto. Y los dos me recordaban a cada instante que, dadas las circunstancias, la lista iba a ser muy larga porque se trataba de poder darle opciones al pobre Papá Noél...
Aproveché el hermoso momento para sacarme una duda y les pregunté por lo que habían sentido cuando se enteraron (cada uno a su tiempo) de la verdad, cuando supieron sin más sombras de dudas que ni el señor que viste de rojo y usa una exuberante barba blanca y que viaja, según la leyenda, por los aires en un trineo volador tirado por renos, igualmente voladores, ni esos tres monarcas misterios que vagan por las noches montando camélidos (todos repartiendo en el lapso de segundos millones de regalos) eran personajes reales. Que, en fin, eran meros seres imaginarios.
Pregunté y esperé otra vez su respuesta: mi temor era, evidentemente, que sintieran que sus padres les habíamos mentimos, cosa que desde luego, era verdad.
Fue Juan, quien ahora tomaba la palabra: “No papá, ustedes no nos mintieron, esto es un juego de la fantasía” explicó, mientras Lucía acentía con el gesto y la mirada.
“Ah, claro, tienen razón” dije yo.
Luego, cada uno concentrado en la suya, terminaron de escribir las cartas, me las mostraron para que tomara debida nota de sus pedidos, después hicieron algunas correcciones de estilo y de ortografía, - no vaya a ser cosa que por la omisión de alguna Hache faltase algún regalo - las guardaron en sus respectivos sobres, los cerraron bien, y por fin, mientras en el cielo crecía la noche, las colocaron cuidadosamente entre las ramas del árbol de navidad.
miércoles, 29 de agosto de 2012
Cancion para Manuel
Comencé a componer esta canción a mediados del 2006, una noche en la que me sorprendieron algunos recuerdos de lugares y personas que por distintas razones dejaron una huella en mi vida: algún amigo querido que hace tiempo no veía, una tarde que jugaba a la pelota en mi vereda de la calle Bonorino en el barrio de Flores, el olor a leña de alguna calle de Montevideo, algún carnaval, alguna vieja canción.
Hacía poco que había conocido a Manuel Suarez, militante revolucionario, poeta y sobre todo una gran persona. A poco de conocerlo y de compartir algunas jornadas de poesía, música y charlas, se fue dejando su recuerdo y también una huella.
Alguna de esas noches en las que trabajaba sobre el texto de la canción aparecieron esas palabras de Manuel “tender la alegría bajo el sol, hinchar velas y seguir, hasta que el viento diga" que son los que cierran esta "Canción para Manuel".
Canción para Manuel
para escuchar hacé clik acá: https://www.youtube.com/watch?v=lPz37Ko6ZDw
Tengo de tus calles ese olor,
tenue luz, rojo color,
sol que muere entre tus brazos.
Humito que se aleja del mar
como rostros que se van
al abrigo de tus manos.
Los gurises juegan bajo el sol
nos los cansa ni el calor
ni un presagio de pobreza.
La risa los aleja del mal,
sortilegio como el pan
tostadito de la siesta.
Me he quedado con tu religión,
una que no tiene dios
y que vive de esperanzas.
Alimenta nuestra rebelión
parche tenso del tambor
que ya suena en las gargantas.
Y el olor a leña y a carbón
que se esparce como luz,
y que lo ilumina todo,
como en las noches de carnaval
cuando aquellos que hoy nos están
cantan pero en otro coro.
Y si vuelven es para cantar
que en el tiempo no hay final
ni siquiera el de la muerte,
el tablado vuelve a replicar
que hay que cambiar de disfraz
para intentar otra suerte.
Algunos que yo no conocí
siempre supieron decir
“ya vendrán tiempos mejores
si mis ojos no lo pueden ver
volveré con otra piel
a llenarme de colores”.
Ese día no habrá soledad
por las calles andaremos
pariendo revoluciones:
serán como noches de febrero,
cada noche cada cielo,
ahuyentando los temores.
Me alienta el recuerdo de tu voz
que sabía del misterio
que alimenta la poesía:
“tender la alegría bajo el sol
hinchar velas y seguir
hasta que el viento diga”.
viernes, 13 de julio de 2012
Lucerito
Acá dejo otra canción de disco, se llama Lucerito, la compuse en 2007 y está dedicada a Juan, mi segundo hijo...
Que la discfruten...
Para escuchar, hacer clik acá: https://www.youtube.com/watch?v=v4vKvIsa2nM
Que la discfruten...
Para escuchar, hacer clik acá: https://www.youtube.com/watch?v=v4vKvIsa2nM
Lucerito (Hayno para Juan)
Niño que naces
cielo infinito
como un beso de luz
indispensable estrella
lucerito del sur
Cuido tu sueño
que es un remanso
donde abreva mi fe
semilla de futuro
hijito de mi piel
Raíz que nutre
desde tu centro
abre camino
hacia lo bello
Viento que entre las hojas comienza a hablar,
Flores que en su desvelo quieren cantar.
domingo, 1 de julio de 2012
Zamba para Lucía
Esta zamba la compuse en el 2005, y está dedicada a mi hija Lucía.
Quizás fue una de las primeras músicas en las que me propuse una estética en la que la guitarra dialogara con la melodía que canta la voz, a la que luego siguieron otras...
Espero que les guste.
para escuchar, hacer click acá: https://www.youtube.com/watch?v=fzgTnn1a5cw
Quizás fue una de las primeras músicas en las que me propuse una estética en la que la guitarra dialogara con la melodía que canta la voz, a la que luego siguieron otras...
Espero que les guste.
para escuchar, hacer click acá: https://www.youtube.com/watch?v=fzgTnn1a5cw
Zamba para Lucía
Lo que el mar me devuelve
es como el tiempo
que juguetea inmóvil
mientras navego
Hay en tu carita
trigos dorados
y hay esos luceritos
para mi amparo
Tu sueño es un río
de agüita clara
que baja por la noche,
despierta al alba;
agüita amanecida
de olita mansa
Muda el viento su llanto
si ve tu danza
se vuelve clara brisa
contigo baila
Tu palabra es caricia
leve y redonda
“y es tu risa la espada
más victoriosa”
que estalla y es campana
vencederrotas.
Tu sueño es un río...
jueves, 28 de junio de 2012
pequeños escritos sobre música
Nota aclaratoria: No pretendo con estos pequeños escritos, dar cátedra de nada, sino hablar de música o de arte, desde mi propia experiencia, bien pueden servir para pensar algo, bien pueden servir para nada.
1.- A partir de un discurso para el 25 de mayo
Suele asociarse, y con justa razón, la gesta del 25 de mayo con algunas ideas libertarias: solemos decir que “un día como hoy pero de 1810,
comenzamos a ‘ser libres’”.
En los actos escolares de nuestra primaria no faltaron los
graciosos disfraces de “negritos” y “soldaditos”, que junto con otros “hombres
del pueblo”, entonces, sin más, podían expresar sus deseos de liberación. Yo
mismo, he crecido y me he formado, durante muchos años, una idea algo abstracta
y rígida de la libertad, podríamos decir: una idealización.
Pero con los años esa idea fue mudando de forma y comprendí
que el problema de “la libertad” es algo más complejo; comprendí, por ejemplo,
que cada acto de libertad implica una decisión, que esa decisión trae consecuencias
determinantes en nuestras vidas, y que, a veces, elegir algo es a la vez,
necesariamente, decidir el resto de cosas que no haremos jamás; o, dicho de una
forma más radical, decidir las personas que no seremos.
Quizás, el momento en que empezó a darse ese cambio, lento,
profundo pero inexorable, en mis ideas sobre la libertad y a la vez, sobre
tantas otras cosas, fue el momento en el que descubrí que quería ser músico, dedicarme
al estudio de la música.
Pero más aún, guardo en mi memoria el momento exacto en el
que sentí decidir que iba a componer mi propia música.
Lo recuerdo muy bien: tendría unos quince o dieciséis años, ya hacía música: tocaba la guitarra, y
ya había empezado mis estudios en el conservatorio Manuel de Falla de la ciudad
de Buenos Aires y una tarde me fui con un amigo a caminar por el centro, por la
avenida Corrientes, a ver libros y discos (de vinilo).
Me llamó la atención uno: las suites orquestales 2 y 3 de J.
S. Bach dirigidas por alguien cuyo nombre hasta ese momento no me decía nada:
Lorin Maazel.
A esa edad, comprar un disco o un libro y en la calle
Corrientes, tenía la forma de un pequeño ritual, y aún ahora lo tiene, pero en
ese entonces además era todo un evento.
Entonces llegué a mi casa, saqué el disco del enorme sobre,
lo coloqué en el “centro musical” que contaba con gira discos, me senté en el
sillón que estaba al lado y comencé a escuchar.
Era la suite orquestal en Si menor, y de pronto me sucedió
algo que aún no me había sucedido con ninguna otra música: perdí el sentido del
tiempo y del espacio, y a la vez, me sobrecogió una profunda emoción. Casi sin
darme cuenta comencé a llorar y tuve el deseo de que esa sensación no acabara
nunca.
El mundo que llamaba real se había desvanecido para dar
lugar a esa otra realidad de la música.
Cuando terminó el primer número de la suite, abrí los ojos y
entonces comprendí algo, que mucho después pude poner en palabras. Comprendí
que esa otra realidad, como la llamé recién, lejos de parecerme pura fantasía,
se me presentaba como otra realidad: no necesariamente mejor o superadora, pero
si real, emocionante, profunda y misteriosa.
Y comprendí que yo sería feliz, o algo semejante, si alguna
vez lograba hacer sentir a otra persona, con mi música, algo al menos parecido
a esa emoción que yo recién había experimentado.
Esto fue revelador: ya no había dudas, no solo quería hacer
música, no solo quería crear mi música, sino que al entender que parte de mi dicha
iba en eso, además, comprendí que la necesitaba.
Pero cuando hablo de “música” no me refiero solo al lenguaje
musical o a sus incumbencias, que desde luego todo músico debiera aprender, ni
me refiero a una posible larga lista de canciones bellas o no, profundas o
no, que se escuchan en la mayoría de las radios, y que forman parte de la
compleja trama de las industrias del entretenimiento.
Desde luego, tampoco me refiero a la industria del
entretenimiento, del que forman parte, sin duda, buenos músicos, idóneos,
hábiles y eficaces, características todas estas, que esta industria necesita
para montar su maquinaria.
No. Me refiero a otra cosa: me refiero al misterio que se
esconde detrás de cada sonido y que espera ser descubierto por un oído sensible.
A la magia que se produce cuando una música nos atraviesa el corazón y no
atinamos a decir por qué. Al profundo e irremplazable acto comunicativo que se despliega
cada vez que un músico hace vibrar con amor, pero también con talento y con
sabiduría, las cuerdas de su instrumento.
Me refiero a eso, que nos hace preguntarnos una u otra vez:
¿Por qué esta música nos conmueve y aquella no?
Estoy hablando, después de todo, de la música como un
poderoso ejemplo de libertad. Es verdad, en el acto creador, en el acto
comunicativo, muchos artistas se enfrentan al mismo viejo dilema: cada vez que
el compositor piensa una nueva música, cada vez que el poeta escribe un nuevo
poema, posiblemente (esta es mi experiencia) vuelven a rodearlo como fantasmas las mismas preguntas: “¿Que quiero
decir?”, “¿A quien estoy hablando?”, “¿Que necesito expresar?” “¿Podré?”…
Y luego de un breve tiempo, eterno y abismal, empieza a
brillar un acorde, una nota, una palabra, un color y en ese mismo momento,
aunque no lo sepa, es libre.
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